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Desnutridos,
hambrientos y... obesos: las caras de la pobreza
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Washington,
DC, 1o. de agosto de 2002--Nada como la sabiduría
popular: "buen gusto tenemos, lo que no tenemos es dinero".
Y aunque la fórmula pueda parecer simplista cuando
se trata del problema de la obesidad, los estudios muestran
una tendencia creciente al exceso de peso en las personas
de bajos recursos.
"Se
puede afirmar que los pobres no comen lo que quieren, ni lo
que saben que deben comer, sino lo que pueden", escribió
Patricia Aguirre, especialista del Ministerio de Salud y Acción
Social, Dirección de Salud Materno Infantil de Argentina.
"Las
restricciones al acceso a los alimentos determinan dos fenómenos
simultáneos que son las caras de una misma moneda:
los pobres están desnutridos porque no tienen lo suficiente
para alimentarse y son obesos porque se alimentan mal, con
un desequilibrio energético importante", continuó
Aguirre. "Los alimentos que tienen a su alcance son productos
industrializados, de producción masiva, indiferenciados
y baratos".
El
artículo "La obesidad en la pobreza: un problema
emergente en las Américas", de los doctores Manuel
Peña y Jorge Bacallao, refiere que en São Paulo,
Brasil, en un estudio de 535 familias (2.411 individuos) de
una población urbana marginal se observó que
el 30 por ciento de los niños presentaba un déficit
relativo de estatura y que el 5,8 por ciento de los varones
y el 6,8 por ciento de las niñas tenían exceso
de peso. Además, el 9 por ciento de los miembros adultos
de las familias eran obesos. "Esos hallazgos demuestran
la coexistencia de la malnutrición y la obesidad en
el mismo escenario", concluye el texto, que forma parte
del libro La obesidad en la pobreza, publicado por la Organización
Panamericana de la Salud (OPS).
Aguirre,
ejemplifica la situación a partir del área metropolitana
de Buenos Aires, el principal conglomerado urbano de Argentina,
donde los precios de las frutas y verduras, las carnes magras
y los lácteos tienden a aumentar más que los
promedios de la inflación. Entonces, "los pobres
seleccionan alimentos ricos en carbohidratos, grasas y azúcares
que aunque les impiden gozar de una nutrición adecuada,
satisfacen su apetito, se integran bien a su patrón
de consumo tradicional y a sus pautas de comensalismo (comidas
colectivas)", concluye.
Según
la especialista, la industria de la alimentación favorece
ese comportamiento al segmentar la oferta y comercializar
productos masivos, de baja calidad y mayor contenido de grasas
y azúcares que son dirigidos a los sectores con menor
poder adquisitivo.
De
la misma opinión, Peña y Bacallao dicen que
la industria alimentaria ofrece diversos alimentos de alta
densidad energética (ricos en grasas y azúcares)
pero deficientes en otros nutrientes esenciales. "Su
gran poder de saciedad, su sabor agradable y su bajo costo
los hacen socialmente aceptables y son los preferidos de los
grupos más pobres".
Sin
duda, el factor educación, la promoción de hábitos
alimentarios saludables, tiene un peso en la forma en que
come la población de bajos ingresos.
Las
desigualdades en el acceso a los mensajes de promoción
de la salud, a la educación sanitaria y a los servicios
adecuados de atención de la salud impiden conocer la
importancia de los cambios de comportamiento necesarios para
lograr un modo de vida más sano, lo que implicaría
evitar los factores de riesgo para las enfermedades crónicas
no transmisibles asociadas a la nutrición, como algunas
cardiopatías, la diabetes, la hipertensión,
algunos tipos de cáncer, la osteoartritis y la osteoporosis,
entre otras.
"Una
idea muy difundida es que la mala nutrición es el resultado
del desconocimiento; que los pobres arman sus canastas de
consumo con pan y fideos porque ignoran las características
de una alimentación adecuada", dice Aguirre. Pero
se han hecho estudios que desdicen este mito y cuyo análisis
indica que "el patrón alimentario se mantiene
estable pero que la caída global del consumo de alimentos
no puede atribuirse solamente a un problema de educación
sino, también, de acceso".
La
obesidad y el sobrepeso han sido históricamente subestimados
en América Latina y el Caribe, porque se les percibía
como problemas remotos que pertenecían a contextos
socioeconómicos de abundancia, insignificantes ante
la desnutrición por falta de proteínas y a otras
deficiencias específicas asociadas con la pobreza.
La realidad actual de los países del área ha
mostrado que ésta era una concepción errónea.
Esa
tendencia a la obesidad "no debe ser interpretada como
un signo externo concomitante con el fenómeno del desarrollo",
dijo el Dr. George Alleyne, Director de la OPS. "...Es
engañoso suponer que en los países de América
Latina y el Caribe la obesidad es el mismo subproducto nocivo
del exceso que caracteriza a las sociedades de ingresos altos".
"Además,
es un error pensar que las acciones que algunos países
ricos han emprendido para enfrentar los efectos adversos de
la obesidad y el sobrepeso pueden copiarse o adaptarse: el
problema es otro, esencialmente diferente y probablemente
más grave en los países pobres", concluyó
el Dr. Alleyne.
La
OPS, que funciona como la Oficina Regional para las Américas
de la Organización Mundial de la Salud, fue establecida
oficialmente en 1902 y es la organización de salud
más antigua del mundo, trabaja con todos los países
de las Américas para mejorar la salud y elevar los
estándares de vida.
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