Proyecto de cástración química en Francia
Desmienten la teoría de Sarkozy: El primer castrado químico reincidió con 75 violaciones
El presidente francés, Nicolás Sarkozy, ha lanzado una propuesta que ha desatado una enorme polémica en Europa: la castración química a los violadores. Una medida oportunista tras un crimen que ha conmocionado a su país. Un pedófilo, que acababa de salir de la cárcel, violó y mató a un niño de cinco años.En España, la polémica está desatada. El PP catalán y Ciu piden que se analice “en profundidad”. La Federación de Mujeres Progresistas ha dado su visto bueno si se realiza por la “propia voluntad del reo”. En pleno debate sobre este tema, la historia del primer pedófilo castrado químicamente alerta sobre los pros y los contras de este sistema. Su caso, sin lugar a dudas, debe ser tenido en cuenta antes de tomar cualquier decisión: el tratamiento es reversible.
Joseph Frank Smith, en 1983, pidió voluntariamente ser sometido a este procedimiento. Conocido como el violador de la máscara de ski, fue el primer preso del mundo que recibió las inyecciones intramusculares de Depo-Provera, un medicamento inhibidor de la testosterona requerido para castrar químicamente.
Un día, a principios de los 80, Joseph
treintañero, conductor de camionesse levantó dispuesto a todo. Desde entonces encadenó una serie de violaciones a menores de edad en San Antonio, Texas (USA). Causó turbación en el ánimo ciudadano. Se le acusó de decenas de agresiones sexuales.
Su modus operandi consistía en trepar por las fachadas de las casas de las víctimas hasta alcanzar una ventana abierta. Aguardaba a que sus moradores estuvieran dormidos y entraba en los dormitorios para consumar sus fantasías. Se convirtió en una niebla roja que inundó de paranoia la psique colectiva de los estadounidenses.
Su búsqueda y captura fue infructuosa hasta 1983. Violó a una mujer adulta. Un mes más tarde regresó y repitió el asalto. Temerosa de que volvería a intentarlo, la víctima convenció a su vecino, Gene Alled, para darle caza. Llenaron la casa de micrófonos y colocaron un maniquí en la cama donde ella dormía; después se instalaron en la vivienda de Allerd e iniciaron la guardia. Tras treinta días de espera, los micros zumbaron alertándolos: tenían un indeseable visitante. El vecino y su hijo tomaron sus pistolas. Cubrieron las posibles salidas. Entraron en la oscuridad encañonándolo. Sorprendieron a Smith. Lo redujeron. Lo entregaron a la policía. Confesó sus crímenes pronto. Fue juzgado y condenado.
Smith se encontró con un juez deseoso de innovar. Escuchó al abogado defensor y acordaron sustituir la cárcel por un método nuevo llamado castración química. A diferencia del método antiguo, no habría cirugía ni sangre, tampoco infecciones. El proceso era limpio, fácil y aséptico. Según se informó al juez, con este sistema se aseguraba la conversión de Smith en un chico tarado y blando, casi un peluche.
Comenzó el tratamiento con Depo-Provera. Se exigía una inyección semanal durante, al menos, diez años. Viajó hasta el Estado de Virginia, donde se estableció, para seguir su trata miento en la Universidad John Hop kins en Baltimore. Este famoso centro de investigación llevaba a cabo un estudio sobre agresores sexuales y tratamientos químicos alternativos. Smith tuvo aliados: los especialistas de John Hopkins querían demostrar que con esas inyecciones mágicas los índices de reincidencia, en el caso de los violadores, caerían desplomados.
Rápidamente, se convirtió en una celebridad: era el primer castrado químico y, para más inri, lo hizo voluntariamente. El monstruo fue readmitido por la sociedad gracias a su tesón como conejillo de indias y a su buen comportamiento.
Con el tiempo, enamoró a su enfermera. Contrajo matrimonio con ella. El médico que llevaba su ficha lo comenzó a ver con compasión. La policía olvidó seguir sus progresos entre una montaña de expedientes.
Su fama llegó a ser tal que apareció en los programas estrella de la televisión de USA. El mítico 60 Minutos lo presentó como prototipo del violador recuperado. Durante la entrevista, Smith lució su lado encantador y una sonrisa beatífica. Para la sociedad estadounidense, estaba completamente curado.
# Salvaje recaída
Su doctor, cuando no se había cumplido ni la mitad del tiempo del tratamiento, relajó el proceso. Finalmente lo suspendió: pobre Smith, había cambiado, merecía una nueva oportunidad, aquellas malditas inyecciones arruinaban su libido y lo imposibilitaban para la paternidad con su querida compañera de trabajo.
A finales de los 80, le retiraron el tratamiento. Smith siguió con su vida donde la dejó antes de ser capturado.
Poco tiempo después, las páginas de los diarios informaban de un violador de niñas. Este había presentado credenciales en Virginia. Smith no era considerado sospechoso porque supuestamente se había rehabilitado.
En 1993, fue sorprendido por su esposa, su ex enfermera, mien tras acosaba sexualmente a su propia hija y a unas amiguitas. Sólo entonces, la policía lo investigó en profundidad. No tardaron en descubrir la verdad.
El pedófilo que buscaban en Virginia entraba por las ventanas, a veces atacaba a la misma víctima varias veces, etc. La policía comparó pruebas de ADN del violador que buscaban con una muestra tomada a Smith. Eran coincidentes al 100% con el castrado ejemplar. Confesó haber violado a más de 75 niñas desde su recaída. El sistema judicial de USA recibió un batacazo.
Joseph Frank Smith fue finalmente condenado por atacar, ese año, a una niña de cinco años, a la que sodomizó y obligó a practicarle sexo oral. El otrora símbolo de las bondades de la castración química fue condenado a 40 años de cárcel sin redención posible.
# ¿Qué opinan las víctimas sobre la castración?
Miguel. Fue atacado sexualmente entre los 11 y los 12 años. Le ocurrió mientras estaba sentado en un sofá viendo la televisión. En ese momento, su agresor empezó a desabrocharle el pantalón. El no entendía nada. “Comenzó a tocarme el pene (...) Cuando terminó me dio 1.000 de las antiguas pesetas”. En ese momento, no fue consciente del abuso. Se mantuvo callado hasta que cumplió la mayoría de edad. Denunció al violador entonces. “Hasta me alegré del dinero recibido”. Sobre la castración química, la medida que propone Nicolas Sarkozy, Miguel opina que “es una idea correcta. Estoy de acuerdo con que se tomen todas las medidas científicas para que se evite que los violadores sigan actuando con impunidad. En mi caso, no pasó nada. Las autoridades tienen que hacer algo pronto”.
Fadua. A los 16 años, sufrió acoso sexual en el centro de menores de acogida Fuerte de la Purísima, en Melilla. Según declaró ante el Juzgado de Primera Instancia de esa ciudad, el coordinador del centro le ofreció € 20 por una felación. Incluso consiguió pruebas: grabó los sms enviados por su perseguidor y varias llamadas con sus inaceptables propuestas. “Lo que me da pena, es que si bien fue retirado del puesto, este hombre aún continúa trabajando con niños en otro lugar. Me parece increíble lo que ha pasado. Sobre todo porque ese tipo agredió a muchos más niños, impunemente”. Ella considera que la “castración química no es suficiente castigo para esos miserables. Creo que deberían ir a la cárcel de por vida, por lo menos. No sólo eso, los niños deberían estar mucho más protegidos y recibir tratamiento. Desde que me ocurrió eso, no puedo dormir bien. Tengo pesadillas”. Lo peor de todo, para Fadua, es que muchas veces no reciben castigo. “Van libres y los que parece que huímos somos las víctimas”.



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